Os presento a Quintay: pueblito -precisando más, una sucesión de casas, no hay pueblo como tal- pesquero, cuatro o cinco restaurantes, y casita de fin de semana para santiaguinos estresados, imagino. Necesitábamos salir, coger un coche de alquiler y ver algún paisaje que no fuera esta fea ciudad. Necesitábamos aire, cielo azul, mar, color.

Mientras comes, puedes ver a los monitores de buceo haciendo sus inmersiones, algo que yo nunca haré, ya que ya sabéis que el agua no es ni será nunca mi elemento. Fijaos en la curiosa bandera de su embarcación:
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pirata con gafas de buceo, ¡curiosa combinación!!!! |
Después, paseo hasta la antigua ballenera de este pueblo, la más importante de Chile, ahora reconvertida en museo y lugar de concienciación en contra de su caza. El guarda de las instalaciones es un antiguo trabajador de la misma, chileno pobre, trabajador, hombre sencillo que despiezaba ballenas, y que posiblemente no haya conocido otra vida. Creo que ese es el verdadero chileno, no la gente que me encuentro cada día en Santiago.
Unos datos curiosos de entre los muchos que te enseñan sobre los cetáceos:
- tienen un millón seiscientos mil kilómetros de vasos sanguíneos.
- sus latidos pueden detectarse a unos 3 km de distancia.
- sus sonidos pueden recorrer TODO el océano Pacífico, porque tienen la misma potencia que los motores de un Jumbo 747 cuando despega.

Espero que también os guste el contraluz que las telarañas hacen al atardecer:
Y que por supuesto, os guste esta niña que jugaba en la playa solita. Le robé una foto con todo el disimulo que pude a muchos metros de distancia y a todo lo que daba mi objetivo de 105, que no es en absoluto un teleobjetivo. Aún así, con algún retoque, la foto que le saqué me gusta. Ahí os la envío, junto con mis besos blogueros.
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